Por Patricia Escalona*
Dentro de la obra de Catalina Estrada caben universos de creatividad. Su tendencia es llenar cada uno de los espacios, como si en ese ímpetu de no dejar un hueco libre fuera capaz de construir un camino de baldosas no amarillas, sino de una miríada de colores infinita— que la llevaran en un recorrido de ida y vuelta desde su Colombia natal a su España de adopción.
De aquel jardín donde pasó su infancia saca la frodosidad de una naturaleza indomable; las fuentes que, en lugar de echar agua, echan colores; los animales que te dejan observarlos solo para que los caces en una imagen, pero que tienen la capacidad de desgarrarte de un zarpazo. De España, de Barcelona, donde vive ahora, saca un orden y un sosiego que le permiten perfilar, reflexionar, dedicar el tiempo y el mimo para que su obra lo transmita, pese a que de entrada contem plar sus ilustraciones sea como sumirse en un caos divino, que nunca sabes a dónde te va a llevar.
Catalina Estrada no recuerda cuándo empezó a dibujar. Para ella, es como si hubiera nacido con un lápiz en la mano. Sí que recuerda que su infancia transcurrió entre árboles, a los que trepaba para contemplarlo todo: el jardín de su madre, el cielo, las ramas y las hojas. Hace memoria y dice que desde siempre su manera de entender el mundo pasaba por su mano y por los dibujos que de ella salían.
Estudió Diseño Gráfico —un grado que solo acabó porque su padre le rogó que terminara una carrera que le permitiera ganarse la vida—, pero nunca dejó de pintar. Cuando se trasladó a París, esa ciudad mítica que en Latinoamérica es la meca de la bohemia y el lugar donde poder empezar a vivir, no estaba en sus planes acabar en Barcelona, mas, al descubrir que su admirada Erika Bornay, la historiadora del arte que mejor ha analizado la figura femenina en el arte, vivía en esa ciudad bañada por el Mediterráneo, vino a visitarla. Las hijas de Lilith, el libro de Bornay que Es trada adoraba, aún estaba fresco en su cabeza.
Catalina, buscando un espacio propio, se quedó a vivir e hizo del contraste entre sus calles laberínticas y estructuradas, de la ciudad que levanta todas las barreras posibles solo para volver a bajarlas abruptamente cuando consi dera que formas parte de ella, su propia ciudad, un lugar que le encargó el cartel de sus fiestas, y en el que ella aprove chó para casar sus dos identidades de un plumazo.
De entrada sobrevivió a base de trabajos que le daban para vivir, con flyers para fiestas, diseños por encargo con las ideas estrictas que le imponían y que le interesaban más bien poco. Pero su manera de ingresar al mundo de la ilustración tuvo la misma generosidad que la define como persona, y que tam bién traslada a su arte. Quiso servir para ayudar a aquellas personas que lo necesitan, y esa obra le permitió empezar a explorar otros estilos, con la libertad que los encargos le negaban. Los proyectos voluntarios, que sigue desarrollando hoy en día, le aportan mucho a Estrada, fortalecen su lenguaje artístico y puede brindarle una ayuda al mundo a través del arte.
Querer ayudar la llevó a sacar ideas del escenario de su infancia, la casa de mil colores de su madre, como ella la llama, un lugar donde reinaba la democracia cromática y donde podía escoger los tonos de los lugares que iba a habitar. Allí no se imponían las reglas de una decoración estricta o de las modas que dominaban en cada momento. Un lugar que, al estar en contacto permanente con la naturaleza, fue llenando de mara villas las pupilas de Catalina Estrada. Allí fue aprendiendo su propio lenguaje de comunicación.
El lenguaje de los artistas, ese que Woolf quería descubrir, no es solo uno. El lenguaje del arte es una torre de Babel que recoge los modos de ex presión de cada artista, y el de Catalina es el de la abundancia.
Para ella resulta la manera más razonable de procesar todo lo grandioso de la naturaleza colombiana en un solo plano. En su interpretación de la realidad, la literalidad no puede ser nunca el vehículo que transporte toda la exuberancia, el poder y la tremenda fuerza que tiene la selva colombiana; las sensaciones que consigue con sus ilustraciones. Y, sin embargo, Estrada consigue llevar esto a su terreno, y con la suavidad y la diplomacia con que se expresa en una conversación, con la misma dulzura y la calma con la que habla. Huye del vacío con espacios abigarrados, convierte el horror vacui en plenitudo gaudii, una cornucopia de formas y co lores que buscan transmitir un solo sentimiento: la alegría.
Porque, si la abundancia es el lenguaje de Estrada, esa alegría es su dialecto. Con cada trazo invita a celebrar la belleza expuesta y oculta de la vida. Un corazón que se esconde entre mil flores; un tigre que mira desafiante; caleidoscopios de tucanes, flamencos y espirales decoradas; mariposas e hibiscus: todo el espacio se llena para ocupar la mirada, y para producir sorpresa.
Luego vendrá la observación minuciosa, la misma de la que ella parte para empezar a construir cualquiera de sus proyectos: “Cuando uno se enfrenta a algo tan grande, tiende a paralizarse y piensa: ‘¿por dónde empiezo a abarcar todo esto?’. A mí siempre me funciona comenzar con la grandeza de lo pequeño. Entonces, empiezo a mirar la naturaleza: las florecitas, los detalles, los helechos, las plantas. A partir de ahí, eso empieza a crecer, como una pequeña chispa que enciende la inspiración”.
Predominan las líneas definidas, precisas, que transmiten con asombroso detalle hasta la más pequeña hojita, el brillo del ojo de un animal. Sus formas tienden a la voluptuosidad, con límites curvos, huyendo de la línea recta como si del borde de un precipicio se tratara. Y, aunque hoy desarrolla la mayoría de su trabajo con herramientas digitales, a quien observa su obra le es fácil imaginarla rodeada de miles de lápices de colores, escogiendo cuidadosamente cuál va a ser el siguiente en tomar el protagonismo. Existe el caos en sus simetrías y el orden en sus jardines salvajes. El contraste y el balance se encuentran en cada una de sus creaciones.
Fluir con el momento, dejarse llevar a ver a dónde te conduce esa punta del pincel que va a suponer para quien mira un auténtico goce; una conexión emocional que experimentas no solo visualmente, sino también a un nivel más profundo, invitando a la reflexión y la apreciación de las cosas simples, como a ella misma le sucede: “La naturaleza es mi refugio, mi lugar sagrado, es donde me siento en paz.
Para transmitir la alegría que la caracteriza, sus colores brillantes y saturados son lo primero que atrapa a quien mira su obra. Esos tonos pueden ser símbolos o sentimientos, tienen el poder de evocar el recuerdo, de causar miedo, o de transmitir un sentimiento determinado. Estrada los utiliza todos, sin constreñirse a una paleta concreta, y atendiendo a lo que la propia ilustración le dicta que tiene que ir, una versatilidad que le ayuda a adaptarse a cualquier encargo y hacer diferentes versiones de una misma ilustración, hasta dar con la que funciona mejor.
En su obra se esconde una Colombia con sus luces y sus sombras, pero de la que ella escoge siempre el lado del sol, que todo lo cura, aunque, si el observador mira con atención, percibe también pinceladas de oscuridad, porque solo con esos contrastes es posible percibir el brillo del color aún con más fuerza.
La obra de Catalina Estrada es única en el contexto de la ilustración actual, que tiende a universos más minimalistas y apagados, y es inspiración para muchos ilustradores e ilustradoras jóvenes. Sus trabajos están inspirados en la cultura colombiana y latinoamericana, y en esa reivindicación de lo propio hay toda una declaración de intenciones, una manera de presentarse ante el mundo que permite a Colombia ofrecer su mejor cara, orgullosa de toda la historia y la identidad cultural que habitan en ella.
Y, sin embargo, su obra dialoga, de tú a tú y a través de los siglos y los océanos, con, por ejemplo y por nombrar a un referente clásico, la del inglés William Morris, por medio de su de mocratización de la belleza y sus pa trones y motivos naturales, formas orgánicas, juegos de texturas que les otorgan una cualidad táctil a las ilustraciones, y, sobre todo, la celebración sin paliativos de la vida. Comparte también con Morris su intencionalidad respecto del acceso al arte: “No quiero arte para unos pocos, de la misma manera que no quiero educación para unos pocos”.
Otros muchos ilustradores e ilustradoras la inspiran, contemporáneos y del pasado, de continentes alejados de América y de sus mismas fronteras. Está Ethel Gilmour, la artista estadounidense que vivió y desarrolló la mayor parte de su obra en Colombia, con una estética colorida, pero sencilla y accesible, cargada de significados tremendos. Frida Khalo —“obviamente”, dice la propia Estrada— con su dramatismo y su fuerza penetrante. Dos colombianos: Noe León con su obra naif, sus colores, su trazo; y Marcial Alegría, con su realismo costumbrista, el expresivo uso del color y su capacidad para narrar historias de la vida cotidiana. La simplicidad, manejo del color y soltura de David Hockney. La intensidad y liberación de los fauvistas. El arte folklórico, en general, sin importar su origen, por su espontaneidad, humildad y belleza. Y, en particular, el arte huichol, los textiles africanos, los textiles y colores a todo lo largo de la cordillera de los Andes y las expresiones gráficas de las etnias colombianas.
Con ellos habla un lenguaje que los demás intuimos y admiramos, pero que solo está al alcance de unos pocos artistas. Bien ella dice: “Como el arte mismo, [la ilustración] es un puente que sirve para conectarnos sin necesidad de palabras, sin importar el lenguaje o la distancia, desde las entrañas, y llegar directo al corazón de las personas”. Y aunque Estrada haga una distinción entre arte e ilustración, viendo su obra solo podemos llegar a la conclusión de que, si sus ilustraciones no son arte, necesitamos una nueva definición de esa palabra.
*Nació en Barcelona y trabaja en el mundo editorial hace veinticinco años. Es socia fundadora de Roca Editorial. Actualmente edita libros como freelance para distintas editoriales. Desde 2018 hasta 2023 se encargó del comisariado del Capítulo uno Festival Internacional de Literatura de Matadero Madrid, que contó con la presencia de Liv Strömquist, Cristina Morales, Laura Ferrero, Alicia Kopf, Marta Sanz, Manuel Jabois, Kalaf Epalanga, Donatella di Pietrantonio, Rebecca Makkai, Minna Salami o Mariana Enríquez. También es socia fundadora de la agencia de redacción Letraherida