Por Sinar Alvarado*
Esta obra porque toda vida es eso: una obra en construcción empieza con una niña sorprendi da frente a un despliegue de criaturas diversas y plantas de todas las formas y colores. La chica ob serva cómo su abuela organiza una colección de estampillas, y su curiosidad se excita cuando des cubre las mil posibilidades gráficas que pueden contener esos recuadros diminutos. No siempre se sabe dónde nace una vocación, pero en el caso de Catalina Estrada, hoy artista y diseñadora, el origen es evidente. “Esas estampillas eran hermosas y yo trataba de reproducirlas con lápices y marcadores. Recuerdo que había flores y pájaros. Eso era lo que más me gustaba. Yo tendría apenas cinco o seis años”, dice ahora, a los cincuenta, desde su aparta mento en Barcelona.
Catalina creció en una casa —Loma de las Brujas, Envigado, Antioquia— que su madre intervenía como un lienzo experimental. “Pintaba cada habitación y cada pared de un color distinto. Las vigas, los techos, las puertas: todo era alucinante. Ade más, había objetos que para mucha gente eran feos, pero ella encontraba la manera de ponerlos. Era extravagante, con un gusto muy particular. Te nía estilo, era arriesgada y no le importaba lo que decía la gente”.
La artista fue criada por esa madre inusual junta a una constelación de mujeres vibrantes y creativas: una abuela que coleccionaba estampillas y se carteaba con un belga, varias tías que cosían y armaban rompecabezas, y una prima mayor que estudiaba Diseño Gráfico y se convirtió en su primer modelo. “Yo quería estudiar Historia del Arte, pero ella me habló del diseño y me encantó”. En la Universidad Pontificia Bolivariana, de Medellín, fue importante para ella la profesora Ángela Restrepo.
Y aunque Catalina no podía saberlo entonces, porque no somos conscientes de todo aquello que nos forja, su adiestramiento inicial terminó de completarse bajo la influencia exuberante de la madre natura: las hojas de las plantas y el despliegue cromático de las flores; las formas, las rayas, las manchas en las caras oblicuas de las distintas especies, en especial los felinos, las aves y los insectos. Y, sobre todo, el lamparazo cegador del trópico. “En Colombia crecí acostumbrada a la luz, y eso marcó mucho mi trabajo: la búsqueda de luz, siempre luz, porque la necesitaba. Mi trabajo es una lucha constante para no dejarme vencer por la oscuridad”.
En contraste, porque toda buena historia exige conflicto y contradicción, hace veinticinco años Catalina Estrada se fue a Barcelona. Allá se instaló en la penumbra del Barrio Gótico, entre callecitas medievales donde el sol goteaba escaso. En esa nueva ciudad perdió la luz, pero ganó mucha paz. La violencia cotidiana y feroz de Medellín en los años 90, a la que se había acostumbrado, desapareció y dio lugar a una rutina osegada donde podía dedicar al trabajo toda la energía que antes gastaba en la cautela y la supervivencia. “Desde que llegué, disfruté mucho la tranquilidad y me estimuló la ciudad: las fachadas, la arquitectura, toda esa estética. Y enseguida me obsesioné, no me relajaba. Era como una hormiga: todo el tiempo trabajando, exigiéndome. Aprovechaba al máximo el tiempo, las tintas, el papel. Vengo de un ambiente donde hay que cuidar los materiales. Entonces reciclaba, guardaba hasta la última gota de los productos. Los compañeros catalanes me miraban raro”.
Y, de nuevo, las mujeres. Catalina recibió apoyo y educación de Érika Bornay y Lourdes Cirlot, dos maestras hospitalarias de la Universidad de Barcelona que la aceptaron como alumna. Al mismo tiempo que ella estudiaba en la escuela de artes pública Llotja Escola d’Art i Disseny. Allí se formó durante los primeros años, hasta que su esta tus migrante se volvió inviable y puso en riesgo su permanencia en Europa. “Yo estudiaba arte y empecé a buscar trabajo como diseñadora. Hacía distintas cosas para sostenerme como independiente. Lo más difícil fue buscar trabajo en editoriales, porque me exigían papeles. Toqué puertas en agencias, y nada”. Ella no la había visto, pero tenía la solución muy cerca. “Pancho, mi novio, me propuso que nos casáramos para recibir los documentos. Así que ensayamos a ver cómo nos iba y nos dimos cuenta de que nuestra relación era maravillosa”. Entonces lo urgente se volvió imperecedero: hoy llevan veinte años juntos.
Como artista trasplantada, Catalina solo siente gratitud hacia el lugar que la acogió y le permitió desarrollar su proyecto vital. Aun así, necesita cultivar un espacio que le resulte familiar. “Uno como migrante termina en un limbo: no es de acá ni de allá. Mi esposo es de familia argentina, nacido en México y criado en Israel hasta los trece años, cuando se radicó en Barcelona. Y nuestros dos hijos nacieron en Barcelona, aunque pasaron sus primeros años en Colombia. Al final somos una pequeña tribu y mi lugar está donde estén ellos”.
Todo expatriado viaja en busca de algún provecho. En su traslado, Catalina ganó sosiego en la seguridad del primer mundo, pero perdió el jolgorio y la abundancia del Caribe. En las maletas y los bolsillos, en viajes sucesivos entre España y Colombia, no es mucho lo que ha podido llevarse: más que todo semillas y granos que siembra en su pequeña selva urbana. “Como para poner mi bandera y sentir que he conquistado este pedacito de tierra”. Pero el verdadero contrabando ha sido pictórico. “Me llevé el color”. Con una clara tendencia a la obsesión, en una época la artista se dedicó a cocinar con ahínco. “Me obsesioné con los platos típicos colombianos. Tenía que sentir que era capaz de controlar acá un pedacito de mi país. Era como querer tener al alcance de la mano lo que más extrañaba”. Catalina piensa que cada cual con sus capacidades se lleva lo que siente que le puede ayudar a construir un hogar nuevo en ese otro mundo. “En ese aspecto mi oficio ha sido una bendición, porque he podido recrear todo lo que tanto extraño, y lo he volcado en mi trabajo. Pero hay cosas que nunca me voy a poder traer: la rela ción con la gente, la espontaneidad, la vida de los pueblos. Mejor dicho, sentir que pertenezco”.
Por oposición, ella nunca ha querido incluir a Barcelona en su obra: no le interesa. Su obsesión es vernácula, naturalista y vegetal. Por eso viaja a la Amazonía y toma fotos que luego estudia con detalle, en un intento por recuperar lo mejor de su tierra a través de la paleta. “La arquitectura es linda, pero yo necesito dibujar cosas vivas. Me conecto más con las plantas y los animales”. No hace falta especular alrededor de esta elección personal y profesional. Ella misma se revisa y se describe. “Soy obsesiva, y no sé si el arte puede tener otro origen que no sea la obsesión. Lo mío es la intensidad, una necesidad de profundizar. No es perfeccionismo ni insatisfacción. Simplemente quiero hacer las cosas hasta el fondo, hasta agotarlas y exprimirlas por completo”. En esa pulsión, Catalina Estrada evita la perfección mientras persigue la espontaneidad y la hipérbole. “Soy exagerada hasta puntos que a veces no son buenos. Ahí pienso: se me fue la mano. Pero también siento que uno debe aceptarse como es”.
A veces la inquietud surge por las noches, mientras duerme. “Sueño con estampados, con patrones y cosas gráficas. Pero no es agradable: despierto agotada. Estoy trabajando dormida y despierto cansada de pelear contra el color. Suena raro, pero es así”.
Si tuviera que cambiar de oficio, sería botánica. Durante la conversación, a cada rato surge el tema del huerto: el tiempo que dedica a cultivarlo y la enorme satisfacción que recibe a cambio. Un solo brote o un pequeño reto ño de sus plantas basta para despertar en ella una alegría genuina. “Tengo pasifloras, fríjoles, uchuvas, maracuyá, granadilla. Y tengo muy buena mano. Les dedico mucho tiempo por las mañanas, sobre todo en verano. Veo cuál floreció, cuál pide abono. Todos los días estoy ahí, regando, quitando plagas. El aprendizaje vegetal viene también de mi mamá”.
Lina Uribe, su madre, murió hace un En el jardín, la naturaleza crecía libre y lo envolvía todo. Entre las hojas, una pequeña gruta con la Virgen heredada de su abuela era año y Catalina siente que perdió el último motivode peso que la ataba con fuerza a Medellín. La presencia y la sabiduría de esa mujer, y de todas las que la criaron, le hacen falta ahora que ella misma se convirtió en madre. No existe un sustituto real para reponer esas presencias, pero hoy le sirve leer a mujeres: buscar en los libros las mejores voces femeninas. “Leo a escritoras como una herramienta poderosa para entender el mundo y enfrentarme a la soledad y al duelo”.
A estas alturas de su vida no puede estudiar botánica ni aprender sobre la naturaleza con el nivel de compromiso que le dicta su obsesión natural. Por eso, si tuviera que dejar su oficio, dice que se dedicaría a cocinar y leer. Pero ella no es de las que piensan en escenarios a futuro. “No he tenido tiempo de pensar cómo será mi carrera. Cada vez que llega un nuevo encargo, lo veo como un privilegio y con agradecimiento. He tenido el lujo de vivir de mi vocación y, además, hacer cosas personales, de tratar mis obsesiones con este par de manos. Es bonito y es un privilegio”.
Esta obra —porque toda vida es eso: una obra en construcción— termina con una mujer que se mira las manos y sonríe complacida.
*Sinar Alvarado ha escrito para The New York Times, El País y las revistas Gatopardo, SoHo, 5W, Travesías, Letras Libres y El Malpensante. Su trabajo ha sido traducido al inglés, al francés y al italiano, y figura en varias antologías de crónica latinoamericana.
Su casa de infancia siempre estuvo llena de color. Su madre, con una noción muy personal de la belleza, cada cierto tiempo volvía a pintar las paredes.