Por Juliana Restrepo T.*
Catalina nació en Medellín en 1974. Vive en Barcelona desde 1999, pero también en Medellín; y por sus ilustraciones vive y trabaja en rincones mágicos que solo ella visita. Aunque ha estado la mayor parte de su vida profesional en la ciudad española, su corazón y su mente han permanecido inevitablemente atados a Colombia, a El Retiro, al Amazonas y a La Guajira…, y a tantos lugares del mundocon los que trabaja. Y por eso tiene, desde hace muchos años, esa sensación de no pertenecer a ningún lugar; de allí su intento por pertenecer de alguna manera a algo, aunque sea a un recuerdo. En ese camino, Catalina ha encontrado en sus proyectos una forma de mantener viva su conexión con Colombia aportando desde lo más auténtico de su esencia. Así, quienes aún no la conocen y quienes tenemos el privilegio de conocerla podemos sentirla nuestra, como si nunca estuviera lejos. Aquí diremos que Catalina es colombiana; allá, que es del mundo.
Cuando estábamos en la universidad, a finales de los años 90, ya la admirábamos. Ella caminaba y era como si un jardín de flores la persiguiera y se fuera enredando en lo que tocaba: lo encantaba todo, con una mezcla de excéntrico gusto y fina delicadeza. Lo que entonces no sabíamos, aunque intuíamos sus amigos, era que se convertiría en un ícono de la ilustración en el mundo.
Catalina llegó a Barcelona. Justo antes de viajar a Europa conoce a Gloria Bermúdez —fundadora del Laboratorio del Espíritu—, con quien comenzó a imaginar que una Colombia mejor era posible y que ella podía aportar con su mirada y su talento, aunque fuera a instalarse en otro lugar. En ese momento ella se preguntaba: ¿cómo puedo ayudar a Gloria? ¿Cómo puedo sumar a esta labor tan importante que ella realiza a través de la fundación para la que trabaja? Gloria siempre trabajó para los niños campesinos; su sensibilidad por la gente y la cultura era muy especial. Las largas conversaciones con ella, en su casa de El Retiro, impactaron su tra bajo para siempre, sin duda marcaron su carrera y su futuro. Porque Catalina sabe, y así lo dice, que la ilustración siempre le gustó, pero nunca pensó que pudiera vivir de ella.
En ese entonces su colaboración fueron unas tarjeticas para Navidad, algo que parecía tan sencillo, pero donde imprimió su sentido estético, su manejo cromático y un estilo que terminaría siendo el inicio del camino gráfico que la haría famosa muy pronto. Contenta con el resultado, en España quiso publicarlos y contactó a la agencia alemana Die Gestalten Verlag, que se especializaba en libros de ilustración.
Ellos editaban anuarios de ilustración europeos no pagos, curados internamente. Fue muy emocionante cuando la publicaron, pues su trabajo resultó eleccionado seguramente entre muchos otros, y de allí empezaron a salir grandes clientes. Todos querían trabajar con Catalina. Coca-Cola, Camper, Microsoft, Nike, Paul Smith, Levi’s, entre otras, se interesaron por su excepcional estilo, y así su obra se volvió publicidad y también el deseo de muchas marcas.
Aquello que vino después fue una exitosa carrera en la gráfica y la ilustración, pero sin abandonar las causas sociales, que han sacado lo mejor de su trabajo. “Al ser algo voluntario, este tipo de proyectos me permiten explorar, crear, sin la presión de un cliente. Por eso siempre son ilustraciones llenas de luz que reflejan mi admiración y también el optimismo que me transmiten los proyectos”, afirma. Gracias a estos trabajos, el lenguaje gráfico de Catalina fue tomando forma hasta consolidarse en ese universo de formas y colores en todas las tonalidades que la caracterizan.
En Laboratorio del Espíritu, un espacio de educación y cultura, encontró una conexión profunda. Inspirada por los textos de los niños, resultado detalleres de escritura creativa con Javier Naranjo Casa de las estrellas—, creó obras que reflejan sueños y palabras de una generación rural. Cada proyecto con el Laboratorio era cien por ciento dedicado a ellos, lo que reforzaba su impacto social. En Kenia participó en un proyecto con pelotas de fútbol; en México fue parte de Vivan las Mujeres, una campaña de Amnistía Internacional contra el maltrato; en Colombia apoya iniciativas como Herencia Ambiental Caribe, en Montes de María, y Fucai, en La Guajira.
“Las pañoletas diseñadas por Catalina van más allá de ser un medio para recibir donaciones o generar ventas. Son una herramienta para hacer que nuestro trabajo en conservación y biología, que suele ser técnico y especializado, sea accesible para muchas personas que, de otro modo, no se interesarían en nuestro proyecto”, afirma Cristal Ange, directora ejecutiva de Herencia Ambiental Caribe. Bien sabe que esas pañoletas les han ayudado a transmitir mensajes importantes de una manera diferente.
“Este apoyo ha sido clave para educar al público, llevando mensajes que sensibilizan sobre temas como qué es un mono tití o qué representa Chiribiquete”, agrega Ange.
En estos proyectos Catalina ayuda a construir procesos autosostenibles garantizando la primera producción y fortaleciendo a las comunidades para que luego se reinviertan y crezcan. “Cada uno pone lo que sabe hacer, y todos ganamos”, dice con una sonrisa que re fleja su amor por lo que hace.
Su conexión con cada fundación o proyecto es personal; elige trabajar solo con quienes resuenan con su esencia. Como la labor con Carolina Villegas, de CaroYacu.org, quien fue su profesora en la universidad: a ella se sumó en el esfuerzo de llevarles kits escolares a los niños del Amazonas. En 2023, juntas lo graron que más de 5.000 kits llegaran a estudiantes de diferentes comunidades.
Fue en la época de la pandemia cuando Catalina conoció la campaña de Carolina y se unió para acompañarla con apoyo gráfico. Allí empezó a ayudarle con la publicidad para mandarles a las madres de los estudiantes herramientas y semillas que pudieran sembrar al lado de sus casas. Luego Catalina tuvo la idea de hacer un pañuelo solidario, y eligió a la comunidad de los ticunas. “Ella escogió esta etnia, que es la única que aún conserva la lengua; y el pañuelo tenía tex tos escritos por Catalina y su esposo Pancho que fueron traducidos al idioma indígena. Este objeto fue todo un éxito”, relata Carolina. Desde entonces toda la familia de la artista ha estado comprometida con el Amazonas. El viaje que realizaron juntos en 2023 fue inspiración para tres pañuelos más: Abundancia, Noche y Cosmos. “Allí están todos los animales. Algunos que vio y otros que no, como el jaguar, que es su animal favorito y siempre está en sus ilustraciones”, añade.
Catalina, Cati, como la llamamos sus amigos, no para de explorar. Cada año crea un portafolio de es tampados que le recuerdan lo difícil que es el mundo comercial. “Cuando tienes éxito en un camino, todos quieren que sigas por ahí”, dice consciente de la necesidad de proyectos que le sirvan para experimentar y nutrir los terrenos de su imaginación. De iniciativas para “tener una mirada más honesta”, como ella la llama. Entre sus proyectos favoritos se encuentran los realizados para la marca Anunciação, la agenda que desde hace años diseña para Paulo Coelho y, por supuesto, los voluntarios. “Estas experiencias no solo impactan a las comunidades: transforman a quienes participamos. Ver a mis hijos cargar, empacar y llevar kits escolares al Amazonas fue una lección de pertenencia, igualdad y orgullo colectivo”, explica con amor y con el deseo de repetir muy pronto este capítulo.
Hace más de una década, cuando estuve en la dirección del MAMM —Museo de Arte Moderno de Medellín—, Catalina Estrada llevó su arte allí en frentando un mundo artístico tradicionalmente conservador. Su trabajo fue presentado en la Sala a Cielo Abierto, un espacio exterior inaugurado como parte de la celebración del centenario de El Colombiano que buscaba integrar a diseñadores, ilustradores, fotógrafos y otros creadores. En ese entonces el MAMM, en Ciudad del Río, aún se sentía recién abierto, lo cual hacía a estas iniciativas innovadoras y emocionantes.
Yo siempre pensé que Catalina podía, debía, estar en el MAMM. Pero también conocía los límites. Y ella lo sabía. Desde Barcelona encontraba un público más receptivo, que abrazaba la fusión entre arte y diseño; allí sus exposiciones, que incluían acrílicos sobre madera, platos intervenidos y ediciones digitales, reflejaban esa libertad creativa que celebra la ruptura de límites tradicionales. Ella, que se había movido desde siempre entre el diseño, la ilustración, el dibujo, la publicidad y el arte…, era profeta en otras tierras, no en la propia.
Era celebrada en Barcelona, y en Alemania, en Londres, en Los Ángeles y en Hong Kong. Trabajaba para clientes de todo el mundo y exponía su obra individual, de ilustraciones y piezas textiles, en museos, principalmente de España.
En un artículo publicado en Vivir en El Poblado, a propósito de A cielo abierto, Carlos Arturo Fernández escribía: “El siglo pasado estableció una división maniquea entre los artistas entregados a una orgía de originalidad, que solo parecían interesados en el arte mismo, y los diseñadores y arquitectos, considerados como técnicos y no como artistas, dedicados a la creación de una nueva sociedad, más humana por ser más racional. Por el contrario, las últimas décadas han visto confluir estas dos vertientes en una dimensión que podríamos decir que es la del reconocimiento del valor de las experiencias vitales. Ahora todas las dimensiones artísticas vuelven a estar implicadas en la obra de estos nuevos productores hasta el punto de que son obsoletas las antiguas clasifica ciones”.
Más de diez años después, esta clasificación aún persiste, y por eso resulta tan loable y necesario que Celsia proponga a Catalina para su colección de artistas. Un merecido reconocimiento a su trabajo y al lugar que ocupan las artes digitales en el mundo contemporáneo.
“El arte no es solo un medio de expresión, es una forma de pertenecer, de aportar, de engrandecer”, dice Catalina; ella, que siempre ha sido ejemplo de cómo el talento y el corazón pueden sacar una sonrisa.
Su obra seguirá viendo pasar al jaguar por la pantalla, seguirá viendo florecer el jardín de su madre, que está presente, como el color, en cada creación suya.
*Después de más de una década de experiencia en medios digitales en Colombia y Latinoamérica, ha dedicado los últimos dieciséis años a la gestión cultural. Fue directora del Museo Nacional de Colombia, del Instituto Distrital de las Artes y del Museo de Arte Moderno de Medellín. También ha trabajado en medios nacionales en la gestión de proyectos especiales. Es consultora en gestión de proyectos a través de su empresa, JRT Consultores SAS.