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Por Camila Builes*

 

Detrás de cada flor en casa, de una flor en apariencia ornamental, se esconde el secreto de un nido, de un refugio, del hogar. ¿Qué tipo de árboles nos habitan?, ¿cuáles son las lianas que sostienen nuestros recuerdos? Las respuestas a esas preguntas pueden estar difusas en la conciencia de cada uno: nada es más impredecible que los registros que guardamos de nuestras propias vidas. Catalina Estrada, que vive hace más de dos décadas lejos de su país natal, Colombia, parece haberse convertido en una oropéndola, una especie de pájaro que construye su nido colgando de las ramas de los árboles. En lugar de implantar su hogar entre el follaje, la oropéndola logra tejer sobre lo imposible. Hecho de fibras vegetales, ramitas y otros materiales resistentes pero ligeros, le permite colgar sin romperse. Su forma alargada y entrelazada evita que se deshaga con el viento. Puede que no haya una mejor analogía para la labor del migrante.

 

En las esquinas de la casa de Catalina, las raíces sembradas, ocultas por una tierra de otro tiempo, esconden el origen de su trabajo. Tener una huerta, lograr que un esqueje de La Ceja peleche en tierras catalanas y ver en todas las flores nuestras flores ha marcado la vida creativa de esta artista antioqueña. Por eso no es extraño cómo su obra no advierte el supuesto realismo de la naturaleza, sino que nos sumerge en un mundo onírico, donde nuestro ojo es un caleidoscopio expuesto ante una monstruosa belleza. Catalina no guarda para sí la fascinación por el mundo; al contrario, la comparte como un acto de comunión con quienes se atreven a la conmoción y el deseo.

 

Contra la oscuridad es el título de este libro de artista, y concentra en gran parte la poética de Estrada. Esas tres palabras, que son el mundo, pueden leerse como se leyeron los versos de Emily Dickinson: Los Poetas solo encienden Lámparas / Y Ellos mismos —se van—/ En las Mechas activan —/ La vital Luz. En estas páginas, las imágenes creadas por Catalina nos atraviesan como el sol a una grieta antigua y descubren nuestro asombro. Es ella la poeta que enciende la lámpara y nos deja someternos ante la vital luz. ¿Acaso el arte no consiste en perforar la capa que, a veces, cubre nuestro espíritu?

 

Una de las características principales de las obras que forman parte de Con tra la oscuridad es la memoria de la tierra, pues, pese a que Catalina no habita de forma continua nuestro país, parece estar conectada íntimamente con las plantas y animales que recorren nuestras montañas y selvas. No hay una forma posible en la que un corazón sea arrebatado de su cuerpo sin que este muera, y este trabajo está absorbido por la vida. Su rastro, su estela va más allá de la intensidad del color o la exhibición de una orquídea; está profundamente ligado al miedo a la muerte ese que todos sentimos, pero expresado con la rotunda e inconfundible huella del amor por lo que arde, es decir, por lo que está vivo.

 

Sin embargo, no hay una absoluta renuncia hacia la oscuridad. El diseño de este libro lo muestra: como una matrioshka, cada capa de sentido es una capa de forma; entre el color y la opacidad se esconde su misterio. ¿Qué nos recuerda esta composición en distintos niveles? El diseño de los jardines. Cuenta la historia que los persas llamaron a sus jardines pairidaeza —paraíso— y que entre granados y cipreses aprendieron que la simetría era una forma de armonía, y sus jardines fueron espejos del cosmos y su geometría era un altar de lo sagrado.

 

Este libro es un compendio de una geometría emocional de lo que Estrada entiende como místico, como improbable, aunque veamos en la naturaleza las musas de su ilustración. En el centro de cada dibujo, una forma geométrica revela el origen de la totalidad; es decir, como si dispusiéramos de un microscopio, nos es posible excavar en cada imagen hasta entender su génesis. Como la historia de los jardines persas, Contra la oscuridad se erige como un templo y una ofrenda al mismo tiempo.

 

Es difícil entrar asépticos a esta obra o pasar por encima de ella como quien mira una rutinaria revista; cada página transfiere una responsabilidad a su lector y observador: desentierra la imagen de las flores que tienes en tu memoria y como en un sueño deja que el flujo de la imaginación y el inconsciente sea el arquitecto de un nuevo misterioso jardín. La naturaleza, entonces, no es solo un tema; es una metáfora viva que expresa la condición humana, las emociones profundas y el misterio de la vida y la muerte. Al igual que un herbario tradicional, estas ilustraciones muestran una observación aguda de los detalles, donde cada flor, árbol o animal se convierte en un símbolo de algo más grande: el ciclo de la vida, la eternidad y la fugacidad.

 

Tiene en sus manos un artefacto creativo que responde a la necesidad de romper los límites entre lo poético y lo científico, y aunque en un momento Catalina, sin esconderse detrás de una.

 

Tiene en sus manos un artefacto creativo que responde a la necesidad de romper los límites entre lo poético y lo científico, y aunque en un momento Catalina, sin esconderse detrás de una falsa modestia, dijo que no sabía si era completamente una artista, que estaba convencida de ser una ilustradora, este libro es la prueba irrefutable de que el arte solo existe en el movimiento. Y si pudiera, este libro volaría.

 

*Camila Builes es la directora de la HJCK, el medio de comunicación cultural más antiguo de Colombia. Ha escrito en Cromos, El Espectador y El Malpensante. Es profesora de cátedra en la maestría en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana.

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